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lunes, 31 de octubre de 2011

Islandia, el camino que no tomamos





PAUL KRUGMAN 30/10/2011
ElPais.com


Los mercados financieros están celebrando el pacto alcanzado en Bruselas a primera hora del jueves. De hecho, en relación con lo que podría haber sucedido (un amargo fracaso para ponerse de acuerdo), que los dirigentes europeos se hayan puesto de acuerdo en algo, por imprecisos que sean los detalles y por deficiente que resulte, es un avance positivo.Pero merece la pena retroceder para contemplar el panorama general, concretamente el lamentable fracaso de una doctrina económica, una doctrina que ha infligido un daño enorme tanto a Europa como a Estados Unidos.
Al revés que el resto, Islandia dejó arruinarse a los bancos y amplió su red de seguridad social


La doctrina en cuestión se resume en la afirmación de que, en el periodo posterior a una crisis financiera, los bancos tienen que ser rescatados, pero los ciudadanos en general deben pagar el precio. De modo que una crisis provocada por la liberalización se convierte en un motivo para desplazarse aún más hacia la derecha; una época de paro masivo, en vez de reanimar los esfuerzos públicos por crear empleo, se convierte en una época de austeridad, en la cual el gasto gubernamental y los programas sociales se recortan drásticamente.

Nos vendieron esta doctrina afirmando que no había ninguna alternativa -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados financieros- y también afirmando que la austeridad fiscal en realidad crearía empleo. La idea era que los recortes del gasto harían aumentar la confianza de los consumidores y las empresas. Y, supuestamente, esta confianza estimularía el gasto privado y compensaría de sobra los efectos depresores de los recortes gubernamentales.

Algunos economistas no estaban convencidos. Un escéptico afirmaba cáusticamente que las declaraciones sobre los efectos expansivos de la austeridad eran como creer en el "hada de la confianza". Bueno, vale, era yo.

Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente. La austeridad expansiva, en concreto, ha sido defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado instaba a todos los Gobiernos europeos -no solo a los que tenían dificultades fiscales- a emprender la "consolidación fiscal".

Y cuando David Cameron se convirtió en primer ministro de Reino Unido el año pasado, se embarcó inmediatamente en un programa de recortes del gasto, en la creencia de que esto realmente impulsaría la economía (una decisión que muchos expertos estadounidenses acogieron con elogios aduladores).

Ahora, sin embargo, se están viendo las consecuencias, y la imagen no es agradable. Grecia se ha visto empujada por sus medidas de austeridad a una depresión cada vez más profunda; y esa depresión, no la falta de esfuerzo por parte del Gobierno griego, ha sido el motivo de que en un informe secreto enviado a los dirigentes europeos se llegase la semana pasada a la conclusión de que el programa puesto en práctica allí es inviable. La economía británica se ha estancado por el impacto de la austeridad, y la confianza tanto de las empresas como de los consumidores se ha hundido en vez de dispararse.


Puede que lo más revelador sea la que ahora se considera una historia de éxito. Hace unos meses, diversos expertos empezaron a ensalzar los logros de Letonia, que después de una terrible recesión se las arregló, a pesar de todo, para reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era fiscalmente solvente. Aquello fue, en efecto, impresionante, pero para conseguirlo se pagó el precio de un 16% de paro y una economía que, aunque finalmente está creciendo, sigue siendo un 18% más pequeña de lo que era antes de la crisis.

Por eso, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es, en realidad, una receta para la prosperidad. ¿Pero había alguna alternativa? Bueno, por eso es por lo que estoy en Islandia, asistiendo a una conferencia sobre el país que hizo algo diferente.

Si han estado leyendo las crónicas sobre la crisis financiera, o viendo adaptaciones cinematográficas como la excelente Inside Job, sabrán que Islandia era supuestamente el ejemplo perfecto de desastre económico: sus banqueros fuera de control cargaron al país con unas deudas enormes y al parecer dejaron a la nación en una situación desesperada.

Pero en el camino hacia el Armagedón económico pasó una cosa curiosa: la propia desesperación de Islandia hizo imposible un comportamiento convencional, lo que dio al país libertad para romper las normas. Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinasen y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.

¿Y cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de su sociedad. "Las cosas podrían haber ido mucho peor" puede que no sea el más estimulante de los eslóganes, pero dado que todo el mundo esperaba un completo desastre, representa un triunfo político.

Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera.


Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. 2001. New York Times Service. Traducción de News Clips.

martes, 26 de abril de 2011

Sobre la crisis, un ejemplo a seguir - La revolución islandesa: mucho ruido y muchos peces




En dos ocasiones se han negado los islandeses a pagar la deuda de sus bancos con clientes extranjeros.

25 ciudadanos reformarán la Constitución islandesa.
El ex primer ministro islandés tendrá que responder por la crisis ante la Justicia.

19.04.2011 · Luna Bolívar





Primero cada sábado y luego a diario protestaron los islandeses contra su gobierno frente a la sede del Parlamento. (Brynjar Gauti/ AP)

La mayor isla volcánica del mundo empezó en los noventa su mutación hacia gran laboratorio. Los 103.000 kilómetros cuadrados al margen del polo norte ofrecían condiciones inmejorables para experimentar con el capitalismo salvaje. Islandia perdió paulatinamente el interés por sus peces, sus ovejas y sus caballos, y se lanzó a la conquista de los mercados internacionales.Los “vikingos” arrasaban. Lo compraban todo. Crecían sin fin. Y pronto pudieron presumir de ser dueños de media Dinamarca, el país que un día los había dominado y del que no lograron independizarse hasta 1944.

La práctica pareció confirmar durante algún tiempo las tesis de una nueva generación de políticos islandeses, entre los que se encontraban David Oddsson y Geir Haarde. Sí, era posible hacer de este tradicional y lejano territorio, cuna de las sagas, el Estado más rico del mundo. En los índices de Naciones Unidas Islandia desbancaba a Noruega como el mejor lugar para vivir del planeta. “Los televisores de pantalla plana y los Range Rovers se convirtieron en los símbolos de era pre-crash”, cuenta Silja Bára Ómarsdóttir, politóloga de la Universidad de Reykiavik.

En la era “post-crash”, Islandia prueba el salir de la crisis. La actividad continúa en el mayor laboratorio volcánico de la Tierra. ¿Qué pasa cuando el capitalismo salvaje fracasa?¿Puede una moneda recuperarse después de haber perdido casi el 70 por ciento de su valor en el plazo de un solo año? ¿Cómo se enfrenta una sociedad que no conocía la escasez de trabajo a un 10 por ciento de desempleo? Y la pregunta clave: ¿cuánto tiempo requiere el saneamiento de un Estado endeudado en un 200 por ciento de su Producto Interior Bruto?




En 1973, los islandeses se enfrentaban a Gran Bretaña bajo el lema “Dios proteja al bacalao”. Hoy la premisa reza “Dios proteja a Islandia” (AP)

“Que Dios proteja a Islandia”. Poco más se recuerda del discurso que Geir Haarde, entonces primer ministro, pronunció el 6 de octubre de 2008. Ni falta que hace. La frase es un resumen exacto. En su frenética expansión, los tres grandes bancos del país habían sido poco cuidadosos. Cuando la economía internacional entró en recesión, el castillo de naipes construido por los insaciables vikingos se vino abajo. El gobierno tuvo que intervenir. Y el Estado al margen del polo norte acabó haciendo malabarismos al borde de la bancarrota.

Pero un vikingo no se rinde tan fácilmente. “Tal vez suene a cliché nacionalista, pero somos un pueblo que, si se cae, se vuelve a levantar. Puede que esta mentalidad sea una consecuencia del clima en que vivimos. O de la cultura de la pesca: si hoy no has pescado, mañana sales otra vez”, explica Bára Ómarsdóttir.

Los peces interesan de nuevo en Islandia. Y las ovejas y los caballos. Desde el impacto colectivo del seis de octubre, se ha impuesto en la isla el regreso a las raíces.“Ahora se consumen más productos locales. Viajar dentro del país ha recuperado la popularidad perdida en los tiempos del boom, cuando los islandeses se iban de vacaciones al extranjero varias veces al año. La gente antes remodelaba sus casas completamente como si nada, hoy se recicla y reutiliza más y la ropa de segunda mano se lleva otra vez”, describe la islandesa.

“En Islandia estamos viviendo una época de grandes cambios”, comenta Bára Ómarsdóttir, y no se refiere sólo a que ahora se zurzan los calcetines que antes se tiraban. Lo que en la isla se ha puesto en marcha es una verdadera revolución: la “revolución de las cacerolas”, la llaman, porque armados con ellas salieron los ciudadanos a hacer ruido frente al Parlamento de Reykiavik hasta que en enero de 2009 cayó el gobierno de Haarde. Así no se protestaba desde hacía 60 años, cuando el país se convirtió en contra de la voluntad popular en miembro fundador de la OTAN.





La renuncia del primer minsitro -enfermo de cáncer- y el castigo de su Partido de la Independencia en las posteriores elecciones anticipadas no bastó, sin embargo, para calmar la ira de los islandeses. También David Oddsson, el antecesor de Haarde que pasó de la jefatura del Ejecutivo a la del Banco Central con el correspondiente e ignorado conflicto de intereses, tuvo que dejar el cargo. En abril de 2010, una investigación parlamentaria llegó a la conclusión de que ambos, así como otros altos funcionarios, habían propiciado con su negligencia el colapso financiero. Haarde tendrá que responder por ello ante la Justicia.

Islandia intenta empezar de nuevo. Recuperar los valores perdidos entre las puertas que abría el dinero. Reordenar las prioridades: en la vida cotidiana, y también en la política. Ahora los islandeses no sólo se acuerdan de sus peces, sino también de que su Althing es uno de los parlamentos más antiguos del mundo. En esta Asamblea se reunían los goði, los jefes de los clanes previos a la introducción del cristianismo, ya desde 930. Siempre en absoluta igualdad.




Patatas y carteles de protesta a las puertas del Althing, uno de los Parlamentos más antiguos del mundo. (Brynjar Gunnarsson/ AP)

“El principio de que todos somos iguales forma parte de nuestra identidad nacional. Nadie, independientemente de su posición, tiene derecho a apropiarse del poder”, afirma Bára Ómarsdóttir. 1.200 ciudadanos de la isla fueron elegidos al azar en 2009 para participar en un “encuentro nacional” junto con organizaciones, grupos de presión y políticos, y debatir -todos al mismo nivel- las opciones de futuro del país. Ahora, 25 personas corrientes -y ningún político- tratan de incluir en la Constitución las propuestas formuladas en aquella reunión.

Silja Bára Ómarsdóttir se sienta en la nueva asamblea constituyente. “Por supuesto que es un honor para mí haber sido seleccionada”, reconoce. Los únicos requisitos que se pedían: ser mayor de 18 años y contar con 30 firmas de apoyo.

“Todavía no sabemos muy bien qué cambios vamos a hacer en la Constitución: si se va a rescribir entera o si sólo vamos a introducir en ella algunas modificaciones. Acabamos de empezar a trabajar y aún estamos familiarizándonos con las ideas del encuentro nacional”, cuenta la politóloga. “En realidad, la tarea de reformar la Constitución estaba pendiente desde nuestra independencia en 1944. Ahora han confluido una serie de factores que la han hecho posible y espero que, al final del proceso, hayamos logrado darle más espacio a aspectos como que el poder emerge de la nación, los valores humanistas y los temas medioambientales”.

Con 320.000 habitantes, en Islandia casi sobran los apellidos. Pero el tamaño no es relevante a la hora de poner en marcha la democracia participativa, opina Bára Ómarsdóttir: “cualquier país puede elegir a un grupo de personas para que redacte una Constitución. También aquí había gente en contra de optar por este camino, pero al final no pudo imponerse, y yo me alegro”.




El premier referéndum sobre la devolución de la deuda a Gran Bretaña y los Países Bajos tuvo lugar el 6 de marzo de 2010. El segundo, el 10 de abril de 2011. En ambos ganó el “no”. (Brynjar Gauti/ AP)

El tamaño tampoco parece ser decisivo en otro frente de batalla: impertinentemente se niegan los islandeses a costear de su bolsillo la deuda que sus bancos contrajeron con clientes británicos y holandeses, y que las arruinadas entidades ya no pueden reembolsar. Londres y La Haya asumieron temporalmente la indemnización de sus ciudadanos, y ahora le reclaman a Reykiavik 3.800 millones de euros. Un acuerdo entre los tres Estados -aprobado por el gobierno y el Parlamento islandeses- preveía la devolución de la suma en un plazo de 15 años al 5,55 por ciento interés. Pero el presidente de la república impuso su veto, yen referéndum los islandeses dijeron “no” en dos ocasiones, la última este pasado 10 de abril.

El pago haría aumentar aún más el endeudamiento islandés y volvería a despertar el fantasma de la bancarrota. Pero no el hecho de reintegrar el dinero en sí es lo que provoca la oposición popular, sino las condiciones del acuerdo. Entretanto se rumorea que podría circular una versión mejorada del documento, pero ya desde el primer rechazo en las urnas cayó el sistema con toda su contundencia sobre Islandia: los créditos internacionales concedidos al país como apoyo en la crisis quedaron en suspenso, la solicitud de ingreso en la Unión Europea en entredicho.

La entrada en la UE preocupa poco en Islandia. Durante la pasada la presidencia española quedó claro que el conflicto con Gran Bretaña y los Países Bajos discurriría al margen de los contactos para el acceso y, en cualquier caso, la idea de pertenecer al club comunitario y tener que someterse a sus reglas pesqueras apenas cautiva en estas latitudes.

Más peligroso podría ser que los combativos ciudadanos tuvieran que aprender que las fuerzas del mercado son demasiado potentes para una sola isla volcánica, incluso si es la mayor del mundo. Al final, directa o indirectamente, van a acabar pagando la carísima porcelana resquebrajada por sus bancos, cree Bára Ómarsdóttir. “Por eso, yo hubiera preferido que se llegara a una solución negociada desde el principio”, dice. Pero, ¿qué clase de justicieros y ecuánimes vikingos habrían sido esos?